El Psicoanálisis y la Discordia de las Identificaciones

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Respuestas de Miquel Bassols

Transcripción de las respuestas de Miquel Bassols

En primer lugar, debo decir que, cuando con Leonardo Gorostiza estuvimos viendo cómo fijar el tema de las Jornadas, aparecieron diversas posibilidades, y finalmente el término discordia fue un significante que resultó en efecto muy oportuno, no sólo para leer la actualidad política, social, institucional, etc., de la Argentina, sino del mundo entero.

Vivimos tiempos de discordia. Lo interesante es que el párrafo de Lacan de Función y campo de la palabra…, que habéis tomado para abordar el término discordia, inmediatamente introduce una noción que para mí es fundamental: se trata de la discordia entre lenguajes.

"Que conozca bien la espira a la que su época lo arrastra en la obra continuada de Babel, y que sepa su función de intérprete en la discordia de los lenguajes." (J. Lacan: Función y campo de la palabra…", Escritos I, Siglo XXI, Buenos Aires, 1985, pág. 309)

Es la discordia de Babel que encontramos en la Biblia. Allí vemos cómo el discurso religioso aisló la discordia, inherente al hecho de ser hablante, en la diferencia de lenguas. Y, la discordia fundamental es una discordia entre lenguajes distintos. Creo que ganamos mucho si abordamos de entrada toda la discordia entre identidades; sea en el campo político, en el campo sexual, en la política de géneros; como un asunto del lenguaje. Podemos leer esto, a la luz de lo que dice Lacan con su hipótesis primera de que el inconsciente está estructurado como un lenguaje. Y, es cierto que ahí de entrada, ya el lenguaje del Otro se nos aparece como un goce extraño. Yo siempre he dado la referencia etimológica de la palabra bárbaro, que por cierto en Argentina tiene múltiples significaciones. Hay un hecho, y es que de entrada, cuando aparece lo intruso, lo extranjero, lo extraño, aparece con la idea de que "este tipo habla algo que yo no entiendo", y, es ahí, que se localiza algo de un goce otro, inasumible, algo que queremos segregar.

El bárbaro, debe ser echado por tener costumbres muy raras. Pero, sobre todo, eso de hablar de otra manera, que yo no entiendo, parece inasumible. Realmente creo que una de las primeras formas en que aparece la extrañeza del goce, es en la lengua que yo no entiendo. De modo que la discordia fundamental hay que leerla como una discordia en el lenguaje y del lenguaje.

Y, ahí, es cierto que podemos empezar a preguntarnos: la diferencia sexual, ¿no hay que también leerla como una diferencia fundamentalmente del lenguaje? Ganaríamos algo: empezar a entender que la discordia entre los sexos, la no relación sexual tal como Lacan la va a formular, es una no relación que está establecida por el propio lenguaje. Es el lenguaje el que introduce la no relación entre los sexos. En la naturaleza no hay nada de eso, la relación sexual existe, como instinto. Pero, el sujeto hablante empieza a estar metido en ese malentendido fundamental que es el lenguaje, donde la relación sexual no existe. Y, es en este punto, donde hay algo de la pulsión que se trastoca totalmente, y todo lo que sea lenguaje del Otro, se nos aparece como extraño, como bárbaro, y como un malentendido profundo.

Malentendido y discordia

Entonces, si queréis, vamos a hacer un elogio del malentendido. Porque no podemos salir del malentendido en la medida en que en él, hay siempre algo que se entiende. Cada uno habla su propia lengua, de una manera auto. La misma, es un aparato de goce auto que conecta con el otro como puede. Y, siempre lo hace a través del malentendido. Pero, en efecto, hay algo fundamental en la relación con la lengua que implica ese malentendido, y cuando uno empieza a entenderlo así, es mucho más tolerable, y la discordia se puede llevar mucho mejor. Se entiende así, que nos malentendemos a través de ese instrumento del lenguaje y del goce en el que habitamos.

Creencia y discordia

Eso implica también asumir algo del malentendido. El único no creyente radical, sabemos, es el psicótico; que está marcado por la increencia capital. Pero, cuando uno acepta el vínculo con el otro, el registro de los vínculos neuróticos, hay siempre una creencia inherente. Incluso en el malentendido hay una creencia. Si te malentiendo es porque creo algo de ti, también. En el psicótico no hay malentendido. Decimos a veces, que allí no hay lapsus, ni actos fallidos. Lo que no hay es el malentendido. El no asumir el malentendido, es la segregación más radical, que es la segregación de aquello que nos aparece como bárbaro.

Entonces, hay segregaciones cada vez mayores. Cuanto más se universaliza y se globaliza el lenguaje, más internamente va a ir apareciendo esa dimensión de lo bárbaro en la propia segregación interna de los mercados comunes, de la globalización, de las religiones universales, del capitalismo como universal. Todo eso conduce necesariamente, a que el malentendido no se pueda escuchar sino como discordia fundamental. Entonces, la discordia de los lenguajes, para retomar la expresión de Lacan, parece el destino de la Babel humana en la que el psicoanalista debe saber utilizar los recursos del lenguaje para no agravar la discordia, sino para intentar, no solucionarla, pero sí saber hacer con ella en el malentendido.

¿Cómo tratar la discordia política a través del malentendido que es inherente al discurso analítico? Esa sería una manera de intentar abordar esta cuestión en el mundo contemporáneo. Estamos ahí, y ahí, es cierto que, como decía Joan Fuster, a quien voy a citar en mi discurso, toda política que no hagamos nosotros, se hará contra nosotros.

La política del malentendido para responder a la política de la discordia.

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