El Psicoanálisis y la Discordia de las Identificaciones

Selva Almada | XXVII Jornadas Anuales de la EOL
Nominados

Selva Almada

Selva Almada
Fotografía: Agustina Fernández

La Nuez: En tu novela "Chicas muertas" se hace evidente la discordia frente a lo femenino, encarnado en la chica joven, que es una prolongación de tus estudios sobre femicidio adolescente. ¿Querrías contarnos algo al respecto?

Selva Almada: El disparador de la investigación fue uno de los casos que narra el libro, el asesinato de Andrea, una chica de un pueblo vecino al mío. Ella era una adolescente de 19 años y yo una de 13 cuando ocurrió. Por ello me pareció interesante trabajar con historias que involucraran a mujeres muy jóvenes, contemporáneas mías, y de pueblo pequeños del interior del país. En la época en que las tres chicas fueron asesinadas yo también era una chica, vivía en un pueblo, pertenecía a la clase media baja igual que ellas. Teníamos cosas en común, podía recrear la época, el universo en el que vivieron y fueron muertas porque era el mismo universo que habitaba yo. No sé si hay diferencias entre el femicidio de una mujer de mediana edad y el de una adolescente. Creo que en cualquier caso la edad de la víctima siempre genera cierto impacto en la sociedad, hay una idea de que una adolescente tiene un futuro por delante y que ese futuro puede ser brillante y la muerte lo trunca, lo frustra, creo que eso siempre causa una conmoción en los que estamos vivos.

LN: También realizas una operación que es central, esto es, recuperar los nombres y las historias de las chicas. En la actualidad, a partir del debate sobre la interrupción voluntaria del embarazo, esa idea resurge a nivel social. ¿Podrías contarnos por qué elegiste esa modalidad para tu narración?

SA: El libro es una no ficción. Me interesaba trabajar con el género de la crónica, de la investigación periodística, pues quería que el lector supiera desde el comienzo que estaba escribiendo sobre mujeres que habían existido, que tenían una vida, personas que las amaban, quizá sueños o proyectos y que todo eso había sido borrado de un plumazo, repentinamente. Alguien arbitrariamente había decidido terminar con ellas. Quería que los lectores supieran sus nombres, de dónde eran, qué hacían... que nunca perdieran de vista que el libro no es una novela, que ellas no son personajes de ficción, que el libro está hablando de algo que es real y que, como tal, nos involucra a todos. Creo que en el caso del aborto, ya que lo mencionas, funcionó de esta manera: ponerles nombres y caras a las historias de aborto consiguió que sacáramos el tema del closet, que lo blanqueáramos, que dejara de ser tabú decir: yo aborté. Como dijo Claudia Piñeiro, la ley no salió pero el debate legalizó socialmente el aborto.

LN: Hacia el final de la novela hay una mención a un personaje, una tía, que presenta una suerte de identificación. Es la que se salvó. Unos párrafos antes la narradora de tu escrito también afirma haberse salvado. ¿Podes darnos alguna pista más al respecto?

SA: Me costó bastante encontrarle el final al libro. Primero había pensado en esa despedida que hace de las muertas, según lo que le indica a la narradora la tarotista a quien consulta. Pero terminarlo así me parecía triste, desesperanzado. Entonces recordé esa anécdota de mi tía que había sobrevivido a un intento de violación y pensé que el hecho mismo de estar viva yo a los cuarenta años también quería decir que, por lo menos hasta el momento, me había salvado. Me pareció esperanzador terminarlo así, como dice en el libro: la música de una pequeña victoria.

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