El Psicoanálisis y la Discordia de las Identificaciones

Extraña identidad | XXVII Jornadas Anuales de la EOL
Frutos y cáscaras

Extraña identidad

por Eliana Amor

Extraña identidad
Fotografía de Laura Arroyo

¿Quién tiene qué vida? ¿En qué cuerpo estás? Es lo que se pregunta el personaje femenino que Ariana Harwicz construye en su primera novela "Matate, amor". Una mujer sin nombre, que no encuentra un borde en los semblantes, y a quien la maternidad y el matrimonio -en tanto no la visten con una máscara fálica- la des-bordan. Manifestación quizá del siglo XXI que devela que los semblantes que establecen los roles sociales y fantasmas estandarizados no logran saturar un real que se rebalsa.

Ella se detiene en el hueco, en la opacidad, a años luz del idioma que habla su marido al que le gusta contemplar las estrellas para encontrarle formas.

Ella se sabe que tampoco habla el mismo idioma que su bebé y el resto de los mortales -lo que destaca sin solución la discordia de los vínculos-.

Ella misma se habla, es carnalmente hablada, en diferentes lenguas que la confrontan con su propio vacío llamándose "una extranjera". Sin descanso, busca nominaciones que la vistan: La falsa mujer, la gitana, la campechana ignorante, la esposa, la ninfómana, la madre, la graduada universitaria, la bestia, el caso clínico, la incurable...

Ante el fracaso para encontrar un semblante posible, el vacío de identidad se interpreta como ser una extraña para sí misma. Ese ruido mental la hastía al infinito al intentar traducir su encierro, recorriendo palabras que no encuentran la correcta, hurgando en sus cavilaciones encontrar un impasse en el que haya sido "libre" del goce que la invade. Un empuje al goce mortal.

Salvajemente enjaulada en esa casa lindera a un bosque, el fantasma no enmarca y fantasea atravesar el vidrio del ventanal que más tarde atravesará. Ella misma es el vidrio que su cuerpo atraviesa. Se fragmentan.

Ya rota e inmersa en su propio bosque de silencio busca un ciervo que la mira. Ese ciervo, solo él -que la mira como jamás fue mirada- es el único que puede leer su tristeza. La tristeza de no saber arreglárselas con los sin-sentidos de la familia, los lazos, y los lugares comunes que la rodean. La tristeza de no saber hacer con su propio vacío. Esa mirada sin embargo, le ofrece un cuadro de calma, en el que parece encontrarse en su propia diferencia, al menos un instante.

NOTAS

  1. Harwicz, A., Matate, amor, Bs. As., Mardulce, 2017
XXVII Jornadas Anuales de la EOL